Vivir con los demás

cruce de caminos

Una persona centrada es suelta y natural.

Todo el mundo nacemos en libertad, pero morimos esclavos. El principio de la vida es totalmente abierto natural y fluida, pero después entra la sociedad, con sus reglas y regulaciones: la moralidad, la religión que nos haya tocado, la disciplina y todo tipo de aprendizajes y formaciones y por lo tanto, el ser natural se pierde. Empezamos a reunir en torno a  nosotros mismos una especie de armadura. Empieza a a hacerse cada vez más rígida. La suavidad interna que traemos con nosotros cuando nacemos, ya  no es tan aparente.

Creamos una especie de fortaleza defensiva en la frontera del propio ser auténtico, para no ser vulnerados y heridos, para reaccionar, para crear seguridad (siempre ilusoria). La libertad de ser, se pierde. La aprobación, la negación, la condena o aprecio de los demás, se hace cada vez más valiosa y se convierte en el criterio y empezamos a seguir e imitar a los demás, nos volvemos unos imitadores.

Uno tiene que vivir con los demás y un niño es muy delicado, pues puede ser moldeado en cualquier sentido: La sociedad empieza su labor para moldearnos – los padres, los profesores, la escuela – y poco a poco nos convertimos más en un carácter que en un ser, Nos convertimos  en un conformista o en un rebelde y ambas cosas son una especie de cautiverio. Si somos conformistas, ortodoxos, “cuadrados”, es un tipo de cautiverio. Aunque alternativamente podemos reaccionar y convertirnos en unos “activistas”, “perriflautas” hippies y pasar al otro extremo, pero eso es otra especie de prisión, porque la reacción depende de la propia cosa contra la que se reacciona. Puede que nos vallamos al otro extremo, pero en lo profundo de nuestras mentes, nos estamos rebelando contra las mismas reglas; es decir unos las siguen y otros reaccionan contra ellas, pero el enfoque sigue estando en las mismas reglas. Los reaccionarios y revolucionarios van en la misma barca. Es posible que estén unos frente a otros o que estén espalda contra espalda, pero la barca es la misma.

Hoy en día, esto sucede mucho en las protestas contra partidos políticos, manifestaciones etc. Pero hay que recordar, que las élites son poderosas porque nosotros se lo concedemos, que nos manejan, porque nosotros se lo permitimos. Si somos sinceros los reaccionarios nada más que quieren algunos cambios “reformillas” y se revelan contra lo que antes amaron (no puede odiarse algo si antes no se ha amado) Los verdaderos cambios vienen desde nuestro interior, si nosotros cambiamos, cambiarán nuestro políticos, porque tal vez no los necesitemos.

Una persona centrada no es reaccionaria, ni revolucionaria. Una persona centrada es suelta y natural, no está a favor ni en contra, simplemente es ella misma. No tiene reglas que seguir ni rechazar. Simplemente no tiene reglas, a transcendido las reglas. Una persona centrada es libre en su propio ser, no está moldeada por los hábitos y condicionamientos; aunque esto último casi nadie lo reconoce y decimos que somos libres en nuestras elecciones y decisiones. Por ejemplo, alguien dice que no es católico, que no le gustan los curas, las iglesias, pero luego se casan (da igual por iglesia o ayuntamiento) a sus hijos los bautizan, hacen la comunión. Luego lo adornan con miles de excusas, ya que somos expertos en engañarnos a nosotros mismos (la mente es muy sagaz)   tales como: es por mi marido, por mi mujer, por el niño/a, para que no se sienta diferente etc. Eso no es coherente, los que decimos no coincide con lo que hacemos y si somos conscientes y sinceros, interiormente estamos condicionados por el sentimiento de culpabilidad, que está presente dentro de nosotros, puesto ahí por las religiones, aunque no nos demos cuenta.

Cada niño nace suelto y natural, después entra en el juego de la sociedad y tiene que ser así. No hay nada de malo en ello, porque si al niño se le deja solo y no se le educa, nunca crecerá y será como un animal. La sociedad tiene que entrar, hay que atravesar la sociedad, es necesario. Pero recuerda que la sociedad solo es un pasaje que atravesar. Uno no debería establecer su casa en ella. La sociedad ha de ser seguida y después transcendida, las reglas deben ser aprendidas y después desaprendidas.

Las reglas entran en nuestra vida porque existen los otros. No estamos solos. El niño en el vientre de la  madre está completamente solo, no hacen falta reglas ni moralidad, ni disciplinas, ni orden. Las reglas solo hacen su aparición cuando el “otro” entra en nuestra vida; las reglas vienen con las relaciones porque no estamos solos, tenemos que pensar en los demás y tomarlos en consideración. En cuanto nace el niño, hasta la primera respiración que toma es social. Si el niño no llora, los médicos le obligarán a llorar inmediatamente, porque si no llora en unos minutos, morirá. Tiene que llorar, porque el llanto abre el pasaje por el que podrá respirar, limpia la garganta. Tiene que ser obligado a llorar porque hay otros allí y comienzan a moldearle.

No hay nada malo en esto. Tiene que hacerse, pero de tal forma que el niño no pierda su conciencia, que no se identifique con el patrón cultural. La sociedad es como las normas de tráfico, nos da unas herramientas para que sepamos conducir por ella, pero éstas no son la vida, un día hay que trascenderlas.

Según mi experiencia, durante nuestra vida, tenemos que encontrar espacios y momentos como oasis en el desierto, en los que simplemente cerrando los ojos, vayamos más allá de la sociedad. No se puede permanecer durante demasiado tiempo identificados con  ésta y el caos del día a día. Tenemos otra vida interior, más allá de la forma física, a la que hay que acudir y olvidarse de la sociedad y quedarnos allí un tiempo, donde no hay moralidad, ni reglas, ni palabras; donde podemos estar sueltos y naturales, centrados en nosotros mismos. De hecho, esto ya lo hace una parte importante de la sociedad, de manera inconsciente,  a través del alcohol y otras drogas, sexo compulsivo etc,, pero con las consecuencias desastrosas que esto conlleva.

Pero casi todo el mundo se ha vuelto excéntrico, esto quiere decir fuera del centro, aunque esta palabra la usamos para describir a los locos. Pero casi todo el mundo es excéntrico, está  fuera del centro. Y todo el mundo está ayudando a ello: la familia, los medios de comunicación, convencionalismos sociales, costumbres culturales, médicos etc. Poco a poco, llega el momento en el que no estamos en ninguna parte. Estamos en un cruce de caminos, siendo empujados de norte a sur,  de sur a este, de este a oeste.

El propósito de toda meditación es centrarse, no seguir excéntrico, venir a nuestro  propio centro. Escuchar nuestra voz interna y seguir ese sentimiento. Poco a poco recuperaremos nuestro poder personal, la responsabilidad de  nuestra vida, tomaremos nuestras propias decisiones, en los diferentes ámbitos de nuestra vida, (laboral, médico-sanitario, relaciones, alimentación) sin dejarnos influir por las normas establecidas y por lo que hace o dice todo el mundo, sin miedo inconsciente a ser diferentes.

Este centramiento  es el primer paso e el camino para sentirse suelto y natural: sin centramiento si estás suelto y natural, cualquiera puede llevarte a cualquier parte y las sociedad con sus miles de argumentos “beneficiosos” así lo hará

Por eso la sociedad con los niños al principio hace un trabajo necesario: les protege, les da normas, reglas etc. con las que los encierran como en una ciudadela. Los niños lo necesitan porque son muy vulnerables, necesitan: la coraza de carácter.

Pero si esa coraza llega a ser la totalidad de nuestra vida, estamos perdidos. Deberíamos seguir pudiendo salir de esa fortificación; de otro modo no será una protección, sino más bien una prisión. Deberíamos ser capaces de salirnos de nuestro carácter, de nuestros principios, de lo establecido en cualquier ámbito, del camino trazado por otros, de las ideas de otros, de la moralidad de otros, de las religiones de otros, de responder de un modo novedoso, si la situación lo requiere. Si perdemos ésta capacidad nos volvemos rígidos, no podemos estar sueltos, dejamos de ser flexibles.

Flexibilidad es juventud, rigidez es ancianidad: cuanto más flexible seamos, más joven seremos: cuanto más rígido, más viejo. La muerte es rigidez, la vida es absoluta flexibilidad.